En un solo sector del valle, crecen flores salvajes. Son de un rojo carmesí intenso, y como se divisan a la distancia, esa parte es popularmente llamada “los labios de la tierra”.
Ahora mismo, una figura practica con su espada cortando tallos a diestra y siniestra. Desde lo lejos, una dama noble, hija de un gran maestro, se maravilla con la perfección de los movimientos de la sombra que divisa, y decide acercarse. Al hacerlo, se sorprende y asusta al ver que lo que cercena el espadachín, con precisión absoluta, son las hermosas flores rojas que inundan el lugar.
Indignada, insolente, le pregunta sin presentarse: “¿Qué haces, extraño?”. La figura no se da vuelta, pero contesta en un evidente esfuerzo de elocuencia: “practico”. A lo que la mujer, haciendo caso omiso del sarcasmo, replica: “¿y por qué, quisiera saber, desperdicias tu gracia y conocimiento destruyendo la belleza de este lugar?”.
Ahora sí, el otro se da vuelta, y la dama nota inmediatamente que lleva el rostro completamente tapado por un saco negro, con dos agujeros a la altura de los ojos que –de todos modos- no permiten ver nada sobre ellos. “Quizás si tu fueras bella, te cortaría también” dice él, usando una voz gélida.
La mujer, lejos de sentirse ofendida por el insulto, se ve embargada de una increíble compasión por aquel extranjero de ropas sencillas, pero destreza inigualable. El saco negro es más explicación que la que necesita, y se pregunta qué clase de horror la vida pudo haberle deparado al rostro de aquel personaje como para que odie así a lo estético.
Empieza entonces a acercarse despacio, y suavizando su voz, le dice: “¿pero es que acaso no sabes que la belleza poco tiene que ver con el aspecto?. En el simple movimiento de la hoja de la espada, en los años necesarios de doloroso entrenamiento para alcanzar la perfección, hay más belleza que en todas las flores del mundo”. Con un ademán suave, acerca sus manos a la máscara del espadachín, y la retira suavemente, preparándose para la imagen.
Entonces ve un rostro tan horrible, unos ojos tan llenos de maldad que se le ocurre estar viendo al diablo mismo. Se da vuelta instantáneamente, y no pudiendo contener las arcadas, vomita fuertemente sobre las flores bermellón.
Sin un segundo de duda, la espada se alza en el aire y en un arco magnífico le atraviesa la cabeza y el hombro. La mujer no tuvo tiempo ni de presentarse, y ya cae muerta sobre el pasto.


